Mixturas
En el mundo de Caspar David Friedrich los
árboles, las ruinas y los barcos solían ensamblarse. Una abadía tomaba la forma
de un roble, un bosque la arboladura de un barco. En la niebla crepuscular de
las montañas, las iglesias se afinaban contra el cielo como abetos nevados, las
ramas como proas se arrojaban al mar, los troncos repetían el ritmo de los
arbotantes contra naves y claustros y hasta el cabello de las mujeres se
enmarañaba al borde de los precipicios.
La
secuoya de las cornisas
Sobre
volutas de mampostería y rosetas de piedra puede verse, en lo alto de
construcciones antiguas, pequeños bosques de secuoyas. Se calcula que entre las
300.000 ó 400.000 semillas que dispersan las escamas de sus conos, una ínfima
cantidad es arrastrada por los vientos del norte hacia viejos edificios donde
germinan en el polvo acumulado de grietas y hendiduras. Los edificios elegidos
tienen, a lo sumo, dos o tres pisos.
Durante
el día se verá en la fachada una leve corona de coníferas algo raquíticas que
conservan la gracia de su porte natural. Pero algunas noches, la resina de
troncos y ramas emite una radiación, un breve destello que transforma los
ejemplares sobrevivientes en densos bosques en equilibrio sobre las cornisas.
En la ciudad, al final del verano, puede
apreciarse el balanceo de gigantescas secuoyas en medio del vuelo de los búhos
y el aleteo de palomas y vencejos.
Silene
stenophilla
En
la caja helada del permafrost duermen su largo sueño miles de plantas
desconocidas. En Siberia, a pocos metros del río Kolyna una de ellas, oculta
durante treinta mil años y a treinta y ocho metros de profundidad, es la
primera en despertar de su letargo.
Sus
delicadas flores de simple herbácea no llamarían nuestra atención si no
supiéramos del viaje de sus materiales genéticos a través de los milenios ni de
su muda latencia en la quietud del reservorio.
Blanca como el paisaje de sepultura que
preservó su semilla, un buen día abrió sus pétalos y floreció en el laboratorio
del geólogo David Glichinsky quien tuvo la dicha, poco tiempo antes de morir,
de aspirar su leve perfume.
Rosas
carnívoras
Hay rosas que devoran a las mujeres. Las sorprenden
al anochecer cuando, atareadas entre las mangueras y atontadas por la humedad y
los perfumes, riegan los jardines. Bastará una breve distracción para que
caigan entre los labios carnosos y hambrientos. Y aunque pataleen y pataleen
nadie verá sus pies asomados a las corolas, ni escuchará los gritos que se irán
apagando por los mullidos laberintos de la flor. Una chinela caída, una
sandalia sobre el césped serán las únicas pruebas del pavoroso crimen.
Herbarios
de la noche
En ciertas noches los herbarios se
despiertan. Las raíces son las primeras en engrosarse y recobrar el paso
ascendente de la savia. Luego, los tallos y las hojas irán tomando volumen al
pasar de un gris rosado a un verde intenso. Las flores abandonan lentamente su
palidez y, al mismo tiempo, los perfumes se endulzan y disipan por las
estanterías donde los herbarios velan sus noches casi eternas. Es una pena que
las abejas y las avispas estén dormidas porque el néctar es tan verdadero como
el que producen las flores al aire libre.
La
rosa de cobre
Podríamos pensar en un mundo metálico donde
la rosa de cobre existiera en la sobriedad de lo real, apenas sostenida por
raíces y tallos de cobre, entre hojas de cobre. Un planeta errante de metal
bruñido donde alguien soñara una rosa blanda, de tejidos vegetales, para salir
de la pobreza y la desesperación.

