lunes, 29 de julio de 2019

Herbarium






Mixturas

En el mundo de Caspar David Friedrich los árboles, las ruinas y los barcos solían ensamblarse. Una abadía tomaba la forma de un roble, un bosque la arboladura de un barco. En la niebla crepuscular de las montañas, las iglesias se afinaban contra el cielo como abetos nevados, las ramas como proas se arrojaban al mar, los troncos repetían el ritmo de los arbotantes contra naves y claustros y hasta el cabello de las mujeres se enmarañaba al borde de los precipicios.




La secuoya de las cornisas

Sobre volutas de mampostería y rosetas de piedra puede verse, en lo alto de construcciones antiguas, pequeños bosques de secuoyas. Se calcula que entre las 300.000 ó 400.000 semillas que dispersan las escamas de sus conos, una ínfima cantidad es arrastrada por los vientos del norte hacia viejos edificios donde germinan en el polvo acumulado de grietas y hendiduras. Los edificios elegidos tienen, a lo sumo, dos o tres pisos.
Durante el día se verá en la fachada una leve corona de coníferas algo raquíticas que conservan la gracia de su porte natural. Pero algunas noches, la resina de troncos y ramas emite una radiación, un breve destello que transforma los ejemplares sobrevivientes en densos bosques en equilibrio sobre las cornisas.
En la ciudad, al final del verano, puede apreciarse el balanceo de gigantescas secuoyas en medio del vuelo de los búhos y el aleteo de palomas y vencejos.




Silene stenophilla

En la caja helada del permafrost duermen su largo sueño miles de plantas desconocidas. En Siberia, a pocos metros del río Kolyna una de ellas, oculta durante treinta mil años y a treinta y ocho metros de profundidad, es la primera en despertar de su letargo.
Sus delicadas flores de simple herbácea no llamarían nuestra atención si no supiéramos del viaje de sus materiales genéticos a través de los milenios ni de su muda latencia en la quietud del reservorio.
Blanca como el paisaje de sepultura que preservó su semilla, un buen día abrió sus pétalos y floreció en el laboratorio del geólogo David Glichinsky quien tuvo la dicha, poco tiempo antes de morir, de aspirar su leve perfume.




 Rosas carnívoras

Hay rosas que devoran a las mujeres. Las sorprenden al anochecer cuando, atareadas entre las mangueras y atontadas por la humedad y los perfumes, riegan los jardines. Bastará una breve distracción para que caigan entre los labios carnosos y hambrientos. Y aunque pataleen y pataleen nadie verá sus pies asomados a las corolas, ni escuchará los gritos que se irán apagando por los mullidos laberintos de la flor. Una chinela caída, una sandalia sobre el césped serán las únicas pruebas del pavoroso crimen.




Herbarios de la noche

En ciertas noches los herbarios se despiertan. Las raíces son las primeras en engrosarse y recobrar el paso ascendente de la savia. Luego, los tallos y las hojas irán tomando volumen al pasar de un gris rosado a un verde intenso. Las flores abandonan lentamente su palidez y, al mismo tiempo, los perfumes se endulzan y disipan por las estanterías donde los herbarios velan sus noches casi eternas. Es una pena que las abejas y las avispas estén dormidas porque el néctar es tan verdadero como el que producen las flores al aire libre.




La rosa de cobre

Podríamos pensar en un mundo metálico donde la rosa de cobre existiera en la sobriedad de lo real, apenas sostenida por raíces y tallos de cobre, entre hojas de cobre. Un planeta errante de metal bruñido donde alguien soñara una rosa blanda, de tejidos vegetales, para salir de la pobreza y la desesperación.

1 comentario: