Automóviles
A Julia Mántica
Guardo
la fotografía
en
que mi abuela
conduce
un Buick sedan
y
lleva a su madre en el asiento trasero.
A
menudo pienso
que
quise hacer lo mismo:
conducir
un automóvil
y
llevar a mi madre a donde ella quisiera,
quizás
hacia la escena lejana en que la abuela
condujo
el viejo Buick.
Mi
madre
nunca
tuvo automóvil ni manejó ninguno,
mi
abuela fue algo serio:
condujo
como en sueños,
lo
que no existió nunca.
Anoche
Hemos
dormido con las ventanas abiertas,
afuera pulsaba el viejo verano
su
aliento demorado,
su
suerte
de
aguacero en las cornisas.
Hemos
dormido así,
entrelazados,
como
si fuéramos
jóvenes,
como
si pudiéramos todavía
desertar.
Tatuajes
Llevaba
esa ciudad como una herida,
pero
también como un reverbero,
puentes
dormidos sobre un río sin fin,
frías
diademas.
Llevaba
tatuada esa ciudad,
ingrávida
en la piedra de Magritte,
si
derruida,
restaurada
en su fe.
Adonde
quiera que fuese
llevaría
ese
fulgor,
los
íntimos trazados,
los
tejados oscuros
penetrando la noche.
Elizabeth
Siddal
Templado en láudano, laúd,
en cuerdas de otra Ofelia
tañe, un ramal, un laurel
que luego añade
al fuego y calmo, atiza.
Beatriz
sin Dante en un infierno altivo,
un
agua estanca, su dolor letal.
Si
la belleza alimenta el mal
y
el mal a la belleza consiente en su lazada
atará
a la amada y su belleza,
flama,
la
rozará infanta en ese Averno
o
santa, en otro círculo y a salvo,
cruce
la linde de ese fuego y fugue
a
un cielo suyo, a un arte sin su parte
de
cuerpo naufragado,
de
nenúfar.
Cañadón de los muertos
(Santa Cruz, Patagonia,
1921)
Los muertos cavan al amanecer
tumbas de lava,
cava la pala
al ras del suelo
la costra helada,
más tarde, el viento
descubrirá los cuerpos
apenas recubiertos
para que los viajeros se santigüen
al pasar,
porque son jóvenes
y no quieren morir,
porque están muertos
y no quieren cavar,
porque no hay,
ni habrá
tierra
más dura de labrar
que este suelo.
Conversación
Me dijo
que no era fácil morir
en terapia intensiva,
me dijo que entre sondas
y bajo el centelleo
de los monitores,
más se sentía como un astronauta
en víspera
de iniciar un largo viaje,
que una vieja
en sus últimos días en el mundo.
Pero escuchar llover, me dijo,
escuchar llover o imaginar
la lluvia
detrás del ventanuco de la sala,
eso sí,
la había ayudado.
El amanecer
El tránsito de la noche hacia el
día
fue registrado por la cámara,
(temblorosa, su mano
pulsó el disparador)
y tuvo para siempre, sobre el
mar
los destellos
del amanecer.
Ella volvió a esos lugares
otro verano,
su cabellera de niña rubia
hilaba el sol,
quería saber
cómo pudo captar toda la luz,
justamente ese día
en que el amor comenzaba a apagarse.
La mujer más vieja del mundo
La mujer más vieja del mundo,
la negra
nacida esclava,
la que padeció castigos,
vejaciones,
el tormento del cepo,
pide cumplir
un último,
un íntimo deseo
emblema de su alma:
ver el mar.
Y allá va
seguida
de cortejo de hombres jóvenes
que caminan
como en una película muda
por la arena.
La esclava, ahora vieja liberta,
la negra
mínima, agudísima, encorvada,
la mujer más vieja del mundo
llega al mar
y lo oye,
y lo aspira
y sumerge sus negros pies en esa
espuma
y ella,
que es en ese instante el
universo,
dice:
hasta aquí he llegado.
Cabaret Voltaire
A Flavio Mántica
Cabaret
Voltaire,
café,
bacará,
cauce, rueda,
red,
cabaret.
Es la certeza de
los desertores,
es la Pangea de los amputados,
la comuna de los
sobrevivientes.
En las trincheras, es mi cuerpo,
es tu cuerpo el que se quema
secreto y desnudo en la humareda.
Ay, amor,
mientras muchos
duermen,
otros van a los
frentes,
mientras muchos
mueren,
otros esperan
relevo para poder dormir,
y en lugares
ignotos,
bacarat,
como un cairel
de sangre,
cabaret,
se escriben las
primeras palabras del mundo.

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