lunes, 29 de julio de 2019

Un taxi a Bucarest



Automóviles

                   A Julia Mántica


Guardo la fotografía
en que mi abuela
conduce un Buick sedan
y lleva a su madre en el asiento trasero.
A menudo pienso
que quise hacer lo mismo:
conducir un automóvil
y llevar a mi madre a donde ella quisiera,
quizás hacia la escena lejana en que la abuela
condujo el viejo Buick.
Mi madre
nunca tuvo automóvil ni manejó ninguno,
mi abuela fue algo serio:
condujo como en sueños,
lo que no existió nunca.




Anoche


Hemos dormido con las ventanas abiertas,
afuera  pulsaba el viejo verano
su aliento demorado,
su suerte
de aguacero en las cornisas.
Hemos dormido así,
entrelazados,
como si fuéramos
jóvenes,
como si pudiéramos todavía
desertar.




Tatuajes


Llevaba esa ciudad como una herida,
pero también como un reverbero,
puentes dormidos sobre un río sin fin,
frías diademas.
Llevaba tatuada esa ciudad,
ingrávida en la piedra de Magritte,
si derruida,
restaurada en su fe.
Adonde quiera que fuese
llevaría
ese fulgor,
los íntimos trazados,
los tejados oscuros
penetrando la noche.




Elizabeth Siddal


Templado en láudano, laúd,
en cuerdas de otra Ofelia
tañe, un ramal, un laurel
que luego añade
al fuego y calmo, atiza.

Beatriz sin Dante en un infierno altivo,
un agua estanca, su dolor letal.
Si la belleza alimenta el mal
y el mal a la belleza consiente en su lazada
atará a la amada y su belleza,
flama,
la rozará infanta en ese Averno
o santa, en otro círculo y a salvo,
cruce la linde de ese fuego y fugue
a un cielo suyo, a un arte sin su parte
de cuerpo naufragado,
de nenúfar.
 


Cañadón de los muertos
     (Santa Cruz, Patagonia, 1921)


Los muertos cavan al amanecer
tumbas de lava,
cava la pala
al ras del suelo
la costra helada,
más tarde, el viento
descubrirá los cuerpos
apenas recubiertos
para que los viajeros se santigüen
al pasar,
porque son jóvenes
y no quieren morir,
porque están muertos
y no quieren cavar,
porque no hay,
ni habrá
tierra
más dura de labrar
que este suelo.





Conversación


Me dijo
que no era fácil morir
en terapia intensiva,
me dijo que entre sondas
y bajo el centelleo
de los monitores,
más se sentía como un astronauta
en víspera
de iniciar un largo viaje,
que una vieja
en sus últimos días en el mundo.
Pero escuchar llover, me dijo,
escuchar llover o imaginar
la lluvia
detrás del ventanuco de la sala,
eso sí,
la había ayudado.




El amanecer


El tránsito de la noche hacia el día
fue registrado por la cámara,
(temblorosa, su mano
pulsó el disparador)
y tuvo para siempre, sobre el mar
los destellos
del amanecer.
Ella volvió a esos lugares
otro verano,
su cabellera de niña rubia hilaba el sol,
quería saber
cómo pudo captar toda la luz,
justamente ese día
en que el amor comenzaba a apagarse.




La mujer más vieja del mundo


La mujer más vieja del mundo,
la negra
nacida esclava,
la que padeció castigos,
vejaciones,
el tormento del cepo,
pide cumplir
un último,
un íntimo deseo
emblema de su alma:
ver el mar.
Y allá va
seguida
de cortejo de hombres jóvenes
que caminan
como en una película muda
por la arena.
La esclava, ahora vieja liberta,
la negra
mínima, agudísima, encorvada,
la mujer más vieja del mundo
llega al mar
y lo oye,
y lo aspira
y sumerge sus negros pies en esa espuma
y ella,
que es en ese instante el universo,
dice:
hasta aquí he llegado.



 

Cabaret Voltaire

                  A Flavio Mántica


Cabaret Voltaire,
café,
bacará,
cauce, rueda, red,
cabaret.
Es la certeza de los desertores,
es la Pangea de los amputados,
la comuna de los sobrevivientes.



En las trincheras, es mi cuerpo,
es tu cuerpo el que se quema
secreto y desnudo en la humareda.



Ay, amor,
mientras muchos duermen,
otros van a los frentes,
mientras muchos mueren,
otros esperan relevo para poder dormir,
y en lugares ignotos,
bacarat,
como un cairel de sangre,
cabaret,
se escriben las primeras palabras del mundo.

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